Aunque relacionarse con Dios y conocerlo a lo largo de nuestra vida es vital, esa no es la meta final del cristiano. Aspiramos a algo más: conocer cara a cara a Aquel con quien nos hemos relacionado aquí. ¿Cuánto falta para ese momento? ¿Qué ocurrirá después? ¿Cómo impacta este conocimiento a nuestra vida cotidiana?
A. TIEMPO DE ESPERA
Jesús nos dio señales que ocurrirían antes de su Segunda Venida: una serie de situaciones que se agravarán conforme se acerca ese momento (Mt. 24:6-11). Para mantener nuestra confianza en estos «tiempos peligrosos» (2Tim. 3:1) debemos cultivar una relación correcta con Dios y tener la seguridad de que ha perdonado nuestros pecados y somos salvos por Él.
Es necesario un reavivamiento espiritual. Necesitamos pedir, como Asaf: «Oh Dios, restáuranos; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos» (Sal. 80:3).
B. LA SEGUNDA VENIDA
Mateo 24:29-31 resume los sucesos principales de este gran evento, complementado con otros pasajes:
- Grandes desastres conmueven la Tierra (Ap. 6:12-14).
- Aparece la señal del Hijo del hombre: una pequeña nube.
- Jesús irrumpe entre las nubes (Ap. 1:7).
- Su voz resucita a los muertos y transforma a los vivos (Jn. 5:28; 1Ts. 4:16; 1Co. 15:51-52).
- Los ángeles recogen a los redimidos y los llevan hasta Jesús (1Ts. 4:17).
En ese momento, cuando suene la trompeta y todo ojo vea a Jesús, sabremos que la espera, junto con cada oración perseverante, cada momento de comunión con Él y cada prueba, valieron la pena y no fueron en vano.
C. LLEGAR AL HOGAR
En el Cielo hay un lugar que Jesús ha preparado para nosotros: la Nueva Jerusalén (Jn. 14:2; Heb. 11:10; Ap. 21:10). A esta ciudad, junto con sus habitantes, se la llama «la esposa del Cordero» (Ap. 21:2, 9). El primer evento al que asistiremos será inolvidable: la cena de las bodas del Cordero (Ap. 19:9).
Para llegar a ser la esposa de Cristo, primero debemos ser su novia en esta tierra. Debemos tener ahora una relación estrecha con Jesús. Conocerle. Hablar con Él cada día. Confiar en Él. Anhelar que llegue el día en el que viviremos para siempre con Él.
D. ¿QUÉ HAREMOS EN LA ETERNIDAD?
La mayor bendición que tendremos en el Cielo será ver a Jesús y poder agradecerle lo que ha hecho por nosotros. Pero no siempre viviremos allí. Llegará un momento en que descenderemos a la Tierra, nuestro hogar definitivo (Ap. 21:1-3; Sal. 37:9). Aunque ya no existirá el mal, Jesús seguirá siendo nuestro Pastor, que nos cuidará tiernamente (Is. 25:8; Ap. 7:17).
Por supuesto, no será una vida ociosa. Al igual que Dios le dio al hombre un trabajo cuando lo creó, cada uno tendrá allí una ocupación. Podremos ampliar nuestro conocimiento y descubrir siempre nuevas maravillas. Al contrario de lo que ocurre ahora, nuestro pensamiento estará completamente dirigido hacia Dios, cuyo amor inundará cada fibra de nuestro ser (Ap. 14:1).
E. NUESTRA RESPONSABILIDAD
En la Nueva Jerusalén, un río de agua de vida fluye del trono de Dios alimentando al árbol de la vida (Ap. 22:1-2). Vida plena, vida eterna. Llegar hasta él es gratuito: Jesús pagó el costo. Nosotros respondimos un día al llamado del Espíritu Santo y sabemos cómo llegar, pero otros aún desconocen el camino.
Tenemos una responsabilidad para con quienes anhelan la vida eterna pero no saben cómo obtenerla. Debemos proclamar en voz alta: «El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Ap. 22:17). Mientras llega ese momento, no nos cansemos de esperar. Mantengamos vivo el anhelo.
PARA MEDITAR
«El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor.» Elena G. White, El conflicto de los siglos, p. 657.
Ven, Señor Jesús. Cada oración, cada prueba y cada momento de comunión con Él nos acerca un poco más a la eternidad que nos espera.